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Cuando los textos son de ámbito técnico uno puede hallar casos que le mueven a la duda. Nos ocurrió con la expresión «problemas perversos». Avisados como estamos de inadecuadas traducciones literales, nos detuvimos para tratar de verificar su idoneidad en ese contexto.

Al parecer proviene de «wicked problems», terminología surgida en los años sesenta para hacer referencia a los casos siniestros o perversos que los trabajadores del campo de la Administración encontraban y que debían comunicar a sus superiores. Una década más tarde comenzó a emplearse en referencia a situaciones complicadas y de difícil solución en ámbitos tanto profesional como social y político. A lo largo de los años la medicina ha ido haciendo uso de estos conceptos, en un sentido similar y especialmente para referirse a situaciones gravosas que conllevan sufrimiento (abusos y malos tratos, necesidad de trasplantes, enfermedades infantiles, cánceres…).

Estos «problemas perversos» (o retorcidos) subrayan límites indefinidos, donde los conceptos de bueno y malo, o verdadero o falso, no sirven o son insuficientes para remediarlos. Apenas pueden resolverse de manera parcial y son ambiguos desde el punto de vista ético o moral. Es el caso de las crisis económicas, de la violencia social e interreligiosa o de las epidemias.

Decíamos que habíamos dudado de esta expresión al leerla. Pues bien, su texto de origen es el ámbito del diseño, al que pertenece R. Buchanan y su Design Thinking. Este autor sostiene que una manera de resolver este tipo de problemas es mediante una mezcla de tecnología e implementación artística, una estrategia multidisciplinar cuya extensión de puntos de vista permitiría precisamente delimitar el dilema en cuestión.